Mártires

Cuando los relojes indicaban la 1:01 hrs., del día 14 de diciembre del año 1962, el silencio de esa noche de verano fue roto abruptamente por el ulular de las sirenas, que por una parte anunciaban a la comunidad de Ñuñoa que en algún lugar se estaba produciendo un incendio y por otra parte, era un urgente llamado a un grupo de hombres y muchachos, para que saltaran de sus camas y acudieran a combatir al enemigo.

En la calle Madreselvas, a pocos pasos de la Avenida Macul, una fábrica de artículos para calzado había entrado en combustión y las llamas cortaban la negrura de la noche, que se confundía con el humo. La persona que dio la alarma no sabía bien de que se trataba, sólo dice que se ven llamas. Al llegar los primeros bomberos, se dan cuenta que habían muchos tambores con líquidos inflamables.

Rápidamente las 6 Compañías de Ñuñoa que existían en esa época trabajaron en la extinción y cubrieron con espuma toda la superficie afectada por el fuego, logrando controlarlo en poco más de media hora. Mientras algunas Compañías se retiraban, los Voluntarios de la Segunda y Sexta se abocaron a la penosa tarea de remoción. Lejos estaban de pensar, algunos, que ese incendio no sería uno más, sino aquél que los proyectaría hacia la inmortalidad.

Mientras los bomberos trasladaban los tambores hacia el exterior de la fábrica, una luz apareció al fondo del pasillo. Débil al principio, agazapada como el más cruel enemigo, se irguió de repente y avanzó rápidamente cubriendo toda la superficie, sumergiendo entre sus fauces a una veintena de voluntarios.

Algunos tuvieron suerte y encontraron milagrosamente una vía de escape, entregándole al enemigo sólo algunos jirones de su cuerpo o de su ropa. Más, el fuego dejó dos víctimas en el camino y dos más en serio peligro de morir.

Al chequear sus filas, el Capitán de la Segunda Compañía tuvo que enfrentar la triste realidad: Silvio Guerrero M. y Jorge Batiste A. se habían inscrito en las primeras hojas del martirologio del Cuerpo de Bomberos de Ñuñoa, y los Voluntarios Sergio Riquelme  C. y Luis Bernardín O. luchaban por su vida con más del 60% de su cuerpo quemado.

Quién escribe estas líneas tenía en esa época 11 años y aún mantengo en mi memoria la imagen de ese casco quemado sobre los féretros en la Sala de Máquinas de la Segunda y esa terrible sensación en mi garganta mientras meditaba en la palabra Mártir. Habían entregado su vida, sin recibir nada a cambio en el plano material. Ni ellos ni los demás bomberos cobran por realizar esta labor, lo hacen sólo por idealismo, por el solo placer de ayudar a los demás.

Qué hermosa enseñanza para la comunidad toda, que mensaje más sublime para los niños y jóvenes que recién están adquiriendo realidad del mundo que los rodea. No todo es negativo, no todo es material. Y mientras el llanto de la sirena despide el cortejo, queda en el corazón de los presentes el espíritu de aquellos mártires, ese mensaje de entrega y de abnegación que difícilmente se puede olvidar.

Algunos meses más tarde, el 1 de abril de 1963, después de una penosa recuperación y cuando todos esperaban que Luis Bernardín fuera dado de alta, una traicionera infección se lo arrebata a su novia, a su familia y a sus hermanos segundinos, llenando otra página del libro de los inmortales. Afortunadamente, Sergio Riquelme logró recuperarse y aún continúa entre nosotros, luciendo estoicamente las innumerables cicatrices de su cuerpo, mudo testigo de su lucha y su dolor.

Casi 10 años después, un 8 de septiembre de 1973, nuevamente lloraron las sirenas del Cuerpo de Bomberos de Ñuñoa y de la Segunda Compañía. Un incomprensible accidente nos arrebata a Jorge Dzazópulos E., cuando se dirigía a cumplir con el deber que voluntariamente se había impuesto. Aquel carro que raudo lo conducía a atender las distintas alarmas, esta vez  producto de un accidente en la sala de máquinas, lo condujo por un nuevo camino, camino que nosotros aún no conocemos y que desembocó en la cuarta página del libro de los mártires.

Estos cuatro segundinos, unidos en el lapso imborrable del recuerdo, nos legaron una enseñanza de abnegación y sacrificio, una luz que nos señala el camino de nuestro andar e hicieron realidad el lema de la Compañía:

“La Vida por la Humanidad”